El increíble relato de Miguel Savage excombatiente de Malvinas para reflexionar

El increíble relato de Miguel Savage excombatiente de Malvinas para reflexionar


Profesora de escuela rural de Chascomus les entrega este increíble fragmento a sus alumnos para poder reflexionar sobre estos tiempos difíciles que estamos pasando. El texto es un fragmento del increíble relato en primera persona de Miguel Savage excombatiente de Malvinas.

Fragmento del relato: Viaje al pasado, de Miguel Savage

Yo tendría que estar muerto hace 30 años. Soy un sobreviviente. Uno de los miles de conscriptos argentinos, soldados no profesionales, que fuimos enviados a una guerra que nunca debió ocurrir.

Tuvimos claramente, tres enemigos: el clima, los ingleses y, tristemente, nuestros propios jefes, que nos trataron con un desprecio por la condición humana que nos costaba entender.

Claro, ante ese panorama tan duro, donde no sabíamos si íbamos a sobrevivir a esa desnutrición y a esos maltratos, empezaron a surgir fortalezas, no sé de dónde. Empezamos a tomas decisiones. A Tomar Decisiones para no morirnos. No era mucho lo que podíamos hacer, pero empezamos a hacerlo, a trabajar en el día a día.

Cosas simples como mantener ese pozo lo menos mojado posible, también escaparnos al pueblo, 10 kilómetros, a tratar de revolver los tachos de basura de los isleños, o romper algún galpón desesperados. Y 10 kilómetros de vuelta. Eso lo dejamos de hacer rápido por dos motivos: el gasto calórico era enorme, conseguimos pocas cosas y los castigos eran inhumanos. Si nos encontraban no “estaqueaban”. El estaqueo era una crucifixión al suelo, atados de muñecas y tobillos, con la campera abierta, como animales, durante horas. Vi a por lo menos 15 o 20 compañeros en esas condiciones, por ir a robar comida.

(Muestra una foto de sus compañeros soldados sentados en el pasto mucho frío) Esta foto que es muy impresionante, son mis hermanos sobrevivientes de la compañía. Ellos bailaron con la mas fea. Ellos recibieron lo peor del ataque. Fantasmas. Los compañeros del pueblo, que nos veían en esas condiciones, después años más tarde, nos enteramos que nos decían “los zombis”. Todos héroes, todos sobrevivientes, todos hermanos.

Aprendí muchas cosas con esa experiencia, aprendí a ser humilde, aprendí a escuchar y a pedir ser escuchado. Aprendí a valorar cada cosa con mucha intensidad. Y, sobre todo, empecé a descubrir fortalezas que ni imaginaba que yo mismo tenía.

Pero hablando de aprendizajes, uno de los más interesantes, ocurrió a la vuelta, cuando los ingleses nos llevan como prisioneros de guerra, en el transatlántico el Camberra rumbo a Madryn. Ahí pase una semana a bordo de esa nave, y yo era traductor, y lo que pasó ahí fue como un aliciente experimento antropológico. 4122 prisioneros argentinos que venían custodiados por los mismos ingleses con los que habíamos estado matándonos la semana anterior. Era una experiencia surrealista. Y yo pensé, antes de subir al barco, cuando me enteré que estaban los ingleses, dije, acá se pudre todo, nos matamos a trompadas. Pero mi sorpresa fue grande cuando me encuentro al poco tiempo traduciendo conversaciones entre mis compañeros argentinos y los ingleses, conversaciones amables, conversaciones con mucha curiosidad acerca de cómo había sido el otro lado. Conversaciones de música. Escuchábamos Pink Floyd y Génesis nosotros y ellos también. Y en el barco la música era eso, los que se escuchaba en los parlantes.

Y ahí aprendí una enorme lección: aprendí que sería imposible enfrentar un enemigo una vez que uno lo conoce, una vez que el enemigo deja de ser anónimo, y que los enemigos son siempre anónimos. Y también pensé que, si uno pusiera a convivir a grupos de jóvenes de países en conflicto, y que los jóvenes se conozcan y dialoguen, como hicimos ingleses y argentinos, a bordo de ese barco, abría quizá menos guerra en el mundo y menos jóvenes ingresando en el ejército.

Las tareas a bordo del barco fueron intensas, yo recorría el barco traduciendo. Hasta tareas en quirófano que fueron muy impresionantes.

Yo tapé la historia. Cuando volví de la guerra tapé y no hable durante 20 años. Fue recién en el 2001 con la crisis, la catástrofe argentina del 2001, yo tenía una actividad comercial, un negocio en la ciudad de Venado Tuerto, Santa Fe, donde vivo. Y estaba como millones de argentinos, sufriendo un estrés impresionante, y en ese marco tengo mi primera pesadilla de combate. Nunca había soñado. Ahí sueño que estoy en un pozo junto a 5 compañeros, la mañana del 12 de junio, los ingleses ya habían tomado la cima, y nos están lloviendo toneladas de fierro caliente, morterazos y cañones, y todo está temblando como un terremoto. Tenemos 2 amigos muertos afuera, que no alcanzaron entrar, tenemos a Roberto con esquirlas en cadera e intestino, la aceleración final de esos proyectiles es la estremecedora, yo empiezo a rezar. Todo esto esta durando 8 horas y de 8 de la mañana a 4 de la tarde. La sensación es como que estén cayendo vehículos del cielo, y no paraba de temblar, y yo empiezo a rezar como despidiéndome de este mundo, mis amigos me acompañan. Y mientras estoy rezando, me vienen en cámara lenta imágenes de mi familia, jugando con mi Abuela y con mi Vieja. Y, en esa instancia, dentro de la pesadilla, me suena un teléfono celular, era el gerente del banco que me decía: “Miguel te cierro la cuenta, tenés demasiados cheques rechazados”.

Ese día me di cuenta de que no podía seguir tapando y pedí ayuda. Empecé a hablar. Los primeros 2 años con tratamiento psicológico. Después a hablar y bueno, terminé escribiendo un libro.

Pero los recuerdos, la pesadilla no vino sola, vino acompañada de todos los desórdenes por estrés postraumático que uno puede imaginar. Estuve muy deprimido, perdí mucho peso, y estuve 2 años con imágenes invasivas, recuerdos recurrentes que no paraban de venir a mi mente.

Pero al igual que en el pozo, donde con Roberto empezamos a tomar decisiones en el día a día, yo en esa instancia, donde pensé que me estaba volviendo loco, empecé también a trabajar en el día a día y estar mejor.

Las cosas que hice pueden parecer hasta graciosas, yo lloraba a la mañana y hasta tuve sueños donde me suicidaba. Y en esos momentos, me forzaba a levantarme de la cama, a salir a correr, a nadar, clases de teatro, masajes, reiki, flores de Bach, hasta cura sanador.

Pero al final del día me di cuenta, al igual que en el pozo, que las riendas de mi vida las tenía que tener yo. Y fue así como gradualmente me fui empezando a sentir mejor. Sabía que dentro de ese camino sanador que yo tenía que empezar a recorrer, que ya había empezado a recorrer, era necesario volver al lugar, volver a las islas.

La vida me cruzó con James Peck, un hermano de la vida, una persona que cambió mi vida.  (…) Él vino a Buenos Aires con estos cuadros (muestra cuadros de soldados sufriendo), él había pintado nuestro sufrimiento, todo el dolor por el cual pasamos los conscriptos argentinos, él lo había capturado en una tela y nosotros éramos parte de sus propios fantasmas. La vida nos hermanó, James es una persona muy valiente, es una persona con libertad e independencia de pensamiento. James recibió el DNI argentino de mano de la presidente el año pasado (2012), yo tuve el honor de acompañarlo.

Pero lo que James no me contó en ese primer viaje, donde yo vuelvo con toda mi familia, era que su papá Terry Peck, había combatido contra mí. Terry había sido el vaqueano que guio a los soldados ingleses hasta donde estábamos nosotros, y terminó combatiendo a escasos metros nuestro. Lo conozco en el año 2000, una persona increíble. Nos subimos a los campos de batalla juntos, nos mostramos donde habíamos estado, brindamos a la memoria de nuestros compañeros muertos y encontramos terreno en común, donde nos habíamos enfrentado en una guerra innecesaria. (…)

Una de las postales más emocionantes de la historia ocurrió en los últimos días de la guerra. Yo voy como intérprete también, me ordenan ir en una patrulla, a una casita en una granja que se suponía que estaba transmitiendo a la flota por radio. Salimos bien temprano, estaba congelado todo, la helada era tremenda, y estábamos muy desnutridos, ya estábamos mareados con cualquier desplazamiento, me pesaba el fusil. Llegamos a la casa moribundos. Ya a esta altura, principios de junio, tuvimos un compañero que se murió de la hipotermia y de la desnutrición, antes de que llegaran los ingleses. Otros cuatro que pisaron una mina en una de esas caminatas también murieron. Y otros cinco o seis que se pegaron tiros en los pies para ser evacuados. Esa era la situación terminal en la cual yo llego a esa casita y al entrar me alimento con desesperación y grito en inglés para ver si había alguien, y lo primero que identifico es el olor de esa casa, un olor muy familiar. Me llama la atención un pulóver inglés muy lindo, que me pongo en la nariz y me conecta con mi propio hogar. Sentí como que había alguien en esa casa que me protegía, que me decía: “ya falta poco Miguel, vas a volver, vas a estar bien”. Cuando me iba con ese pulóver con el que me sentí más fuerte, me dio protección, yo dije: “acá voy a volver algún día y con esta gente voy a hablar”.

La vida me dio esa gran oportunidad, 25 años después le devuelvo a Lisa, el pulóver de su papá. Me dijo: “mi papá murió por el estrés de esta guerra, pocos años después”, y yo le conteste: “mi mamá también”. Fue un momento sublime cuando tomamos el té con ella y cuando nos íbamos, John, uno de los isleños, en el vehículo 4x4, mientras cruzábamos el río, me dijo algo que me lleno el corazón: “sentite orgulloso Miguel, estás construyendo puentes”.

Creo que esa es la clave para cualquier relación humana, construir menos paredes y más puentes.

Cuando llegamos al regimiento de La Plata, al volver, los militares nos dieron arengas, nos hicieron firmar declaraciones juradas para que no contemos nada. Estaban todos los familiares afuera desesperados por noticias, y los familiares de los muertos, que los militares les daban informaciones esquivas, les decían que iban a llegar mañana, que venían en otro micro, y estaban muertos.

Ese recuerdo me estruja el corazón y desde acá los abrazos a todos ellos, esas familias han sufrido muchísimo. Y me encuentro en la multitud con mi hermano, que también había saltado la pared del regimiento, y me lleva hasta el auto donde estaban mis viejos y yo voy corriendo por la calle adoquinada de La Plata, en el frío, en junio, y escucho los gritos de mi vieja, y casi que no la veo, veo como un aura y me zambullo entre esos brazos temblorosos. Fue un momento increíble, este fue el momento más emocionante de mi vida. Y me vienen a la mente los momentos duros de mi vida, me viene siempre este flash. Y en los momentos lindos también. Es como una virgen que me acompaña.

Yo cuando volví mi cuerpo estaba diezmado, había perdido 20 kilos, tenía los dientes flojos por el escorbuto, el cuellito flaco, estaba esquelético, las plantas de los pies necrosadas por el congelamiento. Entré en un estado en el que yo ahora razono como la “euforia del sobreviviente”. Me ponía el despertador temprano, aunque no tuviera nada que hacer, para disfrutar la vida. Salía mi cuerpo destrozado, pero estaba con una fortaleza y una alegría de vivir inmensa. Salía a la calle y todo me emocionaba profundamente, el olor del pasto recién cortado, el canto de los pájaros, hasta los colores de la tele me parecían emocionantes. La gente que me venía a visitar me decía: “estás distinto, estás mejor”. Y yo les decía: “claro que estoy mejor”. Pero en ese momento no sabía como explicarlo, era esta “euforia del sobreviviente”. (…) 

(¡Valorar lo simple, la valoración de las pequeñas cosas! Es su enseñanza…)

30 años después, esta sensación está intacta. La “euforia del sobreviviente” esta igual y me da mucho orgullo, me llena de emoción haber venido hoy a compartir mi “euforia del sobreviviente” con todos ustedes…

 

 

 

    

TAGS:

Compartir:

Post Relacionados